laDElaCOLE.com
4.18.2006
 
La shoa me acompaña cada día

La primera vez que escuché un testimonio del holocausto fue cuando tenía ocho años. En esa época no estaba de moda los temas psicológicos, pedagógicos y creo que nadie se paró un minuto a pensar que tal vez no convenía que niños de tercer año de escuela escuchen el relato de una sobreviviente. Mi intuición me dice que sí no participaron los de primero y segundo años es por el hecho que molestarían y no por el trauma que les podría causar.

Era el día de la Shoa (holocausto) y nos sentaron a todos en el patio cerrado de la escula (donde se hacian los actos de la escuela o donde jugabamos todos apretados cuando llovía y que estaba sólo permitido jugar con las pelotas de media ). Antes de bajar la maestra nos explicó lo dedicado del tema y nos advirtió que estaba prohibido molestar o reírse y por su cara me di cuenta que esta vez era en serio (y no como los actos de las fechas patrias que todos hacían que les importaba pero en el fondo eran para zafar).

Tengo patente como me senté en la primera fila alado de Yoel (Yoel era de los que sabían del tema porque sus abuelos habían estado en los campos de concentración) y me quedé durita esperando que Ana Vinocur comience su relato.Escuche la historia como quien mira una película, concentrada hasta el último detalle. Por la historia veía a Ana como una especie de Mac Guiver que lograba escapar haciendo inventos con las cosas que encontraba a su alrededor.

Desde entonces escuché muchos relatos de sobrevivientes, pero ninguno me quedó tan grabado como ese que escuché por primera vez de Ana Vinocur a los ocho años de edad. Tres cosas me quedaron grabadas para siempre en la memoria. La primera la primera es que los zapatos que usaba en el campo de concentración eran de madera y que eso hacia que los pies siempre estén fríos, la segunda es como salvó a su madre con una cáscara de remolacha que encontró en el piso y le pintó los cachetes para que no pareciera enferma y la tercera como se hacía la grande para que no la separasen de su madre.

Cuando subimos a la clase la maestra retó a los que se habían portado mal (es decir, los pobres niños de ocho años que se fueron a jugar envés de escuchar como quemaban gente en un crematorio). La maestra hizo la pregunta en voz alta y los que se habían portado mal tuvieron que tener la humillación de levantar la mano y ser tildados como insensibles (la maestra utilizó palabras que niños de tercer año entienden muy bien).Yo fui de las que me porté muy bien y esa historia me quedó grabada a fuego.

Desde que escuché la historia de Ana Vinocur, cada cumpleaños volvían los mismos pensamietos. Me ponía feliz que ya era un poco más grande y que tal vez sí otra vez volverían los Nazis a dominar en el mundo yo ya era más grande, es decir lo suficiente madura para poder trabajar y de esta forma lograr que no me separasen de mi madre. Pero había algo que aún me preoucpaba mucho era que yo no sabía cocer, ni hacer ningún labor, lo cual tarde o temprano me descubrirían y terminaría como todos los demás niños.

La segunda idea que quedó atrapada en mi cabeza es las cáscara de remolacha. Desde entonces la cáscara de remolacha se convirtió para mi en un “rescatador de vidas” y no puedo soportar que las tiren a la basura. Cada vez que veo una remolacha pienso la cantidad de vidas que se podrían haber salvado y tirarlas a la basura es una especie de asesinato.

Por último desde que escuché su relato, no compro zapatos que tengan suela de madera o que cuando chocan con el piso hagan ruido a madera. Hasta hoy en día cada vez que veo a alguien con esos zapatos lo veo como insensible (exactamente como la maestra tildó a los “que se portaron mal”) y sí escucho el ruido que hacen al caminar estos zapatos la piel se me pone de gallina, otra vez vuelvo a tener ocho años y estoy sentada frente a Ana Vinocur escuchando su historia.
 
En Urugay era parte de una colectividad de judíos inmigrantes que llegaron a este país, hoy día soy parte de la colectividad lationamericana de inmigrantes que llegaron a Israel. En Uruguay era la judía, en Israel soy la latina. En definitiva, uno es lo que uno dice que es, lo que los demás dicen que uno es y lo que uno cree que los demás dicen que uno es.

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