La confesión de Steve
Mi padre es un fanático de la tecnología, se emociona con cada uno de los chiches nuevos que salen al mercado. Fue así que nosotros, Los Singer, estamos enchufados a Internet desde el año 94, fuimos unas de las primeras casas conectadas a este mundo.
Es decir que tuve cuatro años para aprender todo lo que respecta a este mundo, a los programas y al funcionamiento. Pero no lo hice.
En el ano 98 viajé con mi movimiento juvenil por un año a Israel. Eramos 22 uruguayos y un laptop, el laptop de Steve. Decidimos entonces pagar entre todos la conexión a Internet. En el kibutz, en nuestra casa colectiva estaríamos conectados al mundo.
El cable de conexión salía desde el comedor hasta el cuarto de Steve. Este cable trajo muchas de las peleas grupales. En el orden del día estaba: la guerra entre el teléfono e Internet, cunado se estaba conectado nadie podía usar el teléfono; los turnos por el trono frente a la computadora, todos discutían por sus derechos y la falta de privacidad de los pobres muchachos, todos les invadían el cuarto.
Hoy reviendo la situación recordé un detalle no menos insignificante.
En esas épocas no teníamos cada uno su dirección de mail, sino que había una única dirección en donde todos los mails llegaban. Es decir todos recibíamos los mails al outlook de Steve y el los repartía en carpetas según el nombre (Steve cumplia la función de cartero).
Todos los mails de salida y de llegada estaban disponibles en la computadora. Todos los mail podían ser leídos por quien conociese el funcionamiento del outlook.
Tuve cuatro años para aprender que en el outlook no hay privacidad, tuve cuatro años para aprender que es ilógico tener una dirección de mail común. Pero no aprendí.
Ocho años después admito mi burrada, admito que nosotras las banot (las chicas) nos comimos los mocos, fuimos unas boludas totales.
Pero es la hora de admitirlo Steve, llegó tu turno también. Ahora que sos más cool, más lindo, más inteligente, más maduro; te vas a sentir mucho mejor si nos admitís que nunca existió el fútbol de los domingos y que se juntaban en tu cuarto a leernos los mails. Confesa que todos nuestros secretos eran leídos por sus ojos.
Nosotras ya te perdonamos, solo te queremos ayudar a que no cargues con esta culpa.